Las historias que siempre cuento

Los Semáforos

“¿Qué significan los semáforos?”, fue la primera pregunta que me hiciste al conocer mi departamento.

“¿Por qué me lo preguntas?”, te cuestioné curiosa. Nadie hasta ese entonces me lo había preguntado aunque tenía más semáforos de lo normal como adornos en la sala.

“Es que conociéndote cómo eres, de ley tienen un significado especial”, me dijiste sin titubear.

Otra vez en el clavo. Cosas así se volverían típicas. Pues bien, si, así era. Los semáforos significaban algo muy personal desde que había regresado a Cuenca. Eran un recordatorio que Dios había usado para hablarme todos estos años. ¿Cómo lo tomarías si mencionaba a Dios para explicarme? ¿Me entenderías? ¿Te parecería extraño? ¿Te asustaría? No tenía otra opción que contarte la verdad, las mentiras no se me dan, así que estaba a punto de descubrir si podías manejarla. Aquí está lo que te dije esa noche y lo que no te dije también:

Era 2009, recién me había mudado de regreso a Cuenca para ir a la universidad y vivía con mis abuelos maternos. Separarme de mi mamá, mi papá y de mis dos hermanas le quitó el puesto a lo más difícil que había hecho hasta ese entonces: mudarnos a Manta los cinco, tres años antes. En esa primera mudanza había aprendido lo que era desprenderse de un lugar propio, de los sitios familiares. No tener más las casas de los abuelos cerca o extrañar el ají de la abuela todos los sábados. El no conocer nada ni con recuerdos; ni el parque de la esquina o la calle de tu niñez. No escuchar un nombre familiar o al menos uno que te de la duda de ser un conocido. No tener ningún amigo en la ciudad.

Pero esta vez, la separación fue más dolorosa. Me separaba de mi familia nuclear, de las personas con las que había escrito una historia juntos hasta ahora. Además, en los tres años que vivimos en Manta, nos habíamos unido mucho más. Mi hermana, un año menor a mí, dejó de ser “solo mi hermana”, que era más una conocida realmente, y se había convertido en mi amiga íntima como ninguna otra. Lo mismo había pasado con mi mamá. Habíamos cerrado los años de pubertad y enemistades siendo las mejores amigas que podíamos tener. Pero ahora, después de tres buenos años me separaba otra vez de las personas que mejor me conocían y más cercana me sentía.

No fue mucho después de mi llegada a Cuenca que sufrí una desilusión amorosa. Pero todo esto era la punta del iceberg. Desde el 2007, cuando Pedro mi mejor amigo murió, sentía que cada año perdía algo más. En el 2008, aun de duelo, busqué cumplir el sueño de irme de intercambio a los Estados Unidos. Las probabilidades de no irme eran tan minúsculas que ni lo consideré como posibilidad. Y las razones por las que no me fui fueron tan absurdas que nunca las entendí. Me venían rompiendo el corazón desde hace dos años, y nada de lo que yo quería se daba. Por fin me mudaba a la ciudad que me ofrecía al menos la ilusión de comenzar algo nuevo. Y la primera experiencia que tenía era una desilusión con el chico que había querido tanto los últimos años.

Una de esas noches, no aguanté más el dolor callada y oré lo que quería decir desde la muerte de Pedro. En esa misma casa de mis abuelos había llorado antes de su sepelio. Dos años después, en el mismo lugar, lloraba otra pérdida más. La lista seguía creciendo y mi corazón seguía rompiéndose. “¿Cuántas cosas más me vas a quitar?” le dije a Dios al fin. “¿Acaso todo lo que quiero está mal? ¿Tan mala soy qué solo quiero cosas malas que no me las puedes dar?”, mejillas empapadas, piernas cruzadas sobre la cama. Había dicho lo que temía. Frente a mi estaba mi escritorio, encima cuadernos de la U y libros, entre ellos la Biblia. Me paré y la tomé. Volví a sentarme en la cama y en voz seca y sería le dije: “Háblame. Necesito que me hables”. La verdad, fue más un reto que una petición. Dirigía mi mirada hacia arriba, como si alguien más alto que yo estuviera parado en mi cuarto aunque no veía a nadie. Pero si él estaba allí, necesitaba salir de su anonimato y hablarme.

Abrí la Biblia al azar, como lo había hecho muchas otras veces en mis primero años con Dios. Esa técnica nunca había fallado entonces. Pero con el tiempo se volvió obsoleta. Hasta que entendí que me hablaba de formas diferentes. Empezó a hablarme más sutilmente, con formas en las que me demoraba en entenderle. No eran nada como abrir la Biblia, leer un versículo al azar y recibir la respuesta exacta de lo que había pedido. No. Él ahora dejaba un tema abierto para que yo llegara a conclusiones después de muchas otras conversaciones. Se daba el tiempo de construir el sentido de la respuestas dentro de mí. Ahora le gustaba darme pistas. Por ejemplo, la última pista que me había dado eran los semáforos. Los veía en todo lado cuando nunca en mi vida me habían importado ni les había prestado atención. Los veía específicamente en rojo. Tantas eran las coincidencias, que empecé un juego para cuando iba por la calle. Consistía en cazar semáforos en verde. Nunca lo hacía. Incluso un día, cuando tomaba una foto a una vitrina, me percaté que un semáforo en verde se reflejaba detrás de mí. Me di la vuelta a toda velocidad para encontrarlo en ¡rojo! ¿Qué significa? le había preguntado cientos de veces. Silencio.

Pero esta noche no estaba para juegos, enigmas ni misterios. Quería, no, necesitaba que me hablara claro y me diera una respuesta, una razón o una esperanza para seguir. Tenía el corazón cansado de tantas desilusiones y pérdidas. La Biblia se abrió en Eclesiastés. Dudé si está vez sería como las anteriores. Había leído Eclesiastés y lo que recordaba no parecía ser lo que necesitaba ese momento. Era tarde, ya lo había retado. Cerré los ojos y puse mi dedo en la página, última oportunidad. Leí:

Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora.

Ash, pensé, este me lo sé de memoria. “Léelo de nuevo”, escuché. La segunda vez, más dispuesta a escuchar, se me resaltó la palabra quiere. “Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora”. “¿Qué quieres, Erika?”, sentí que Dios me preguntaba, mientras se sentaba en la cama. Nunca me había percatado de ese detalle. No solo decía que todo, cualquier cosa, tiene su tiempo, sino también lo que se quiere tiene su tiempo. Que palabra tan particular para estar allí. Dios siguió hablándome, “Lo que quieres no es malo, no te las he negado, solo no es el tiempo”. Para ese momento, yo ya estaba metida en su pecho llorando.

“¿Qué quieres, Erika?, volvió a preguntar en un susurro. Todos mis anhelos pasaron delante de mí. Quiero a mis mejores amigas cerca, quiero al Pedro, quiero un amor bueno, quiero mis sueños, quiero ir a los Estados. Los pensé aunque ninguno de ellos era posible ya. Pero Él solo me respondió, “…todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora… como los semáforos…” se sonrío. Yo levanté mi cabeza, aun tratando de unir los puntos de lo que acababa de decir. “Así es, la luz no es roja por siempre ¿verdad? Dado el momento, cambia. Así que dime, ¿qué quieres, Erika?”. Si hubieras estado allí me hubieras visto lanzarme a abrazarlo con una sonrisa de oreja a oreja contra su pecho. Al menos así me sentí. Y nos hubieras escuchado a ambos riendo en complicidad las siguientes horas. Sentí que se quedó conmigo en ese abrazo y nos dormimos conversando de todo y nada.

Aquella noche, nada había cambiado con respecto a mi lista de “lo qué quería”. Pero su respuesta fue suficiente para llenarme de felicidad, y su presencia para consolarme. No estaba sin nadie que me conociera bien después de todo. Lo que no sabía era que su pregunta “qué quieres” guiaría esta nueva etapa. Tampoco imaginaba que los semáforos me acompañarían aun diez años después. Aquella noche, también ignoraba que mi lista no le parecía imposible y que tenía un plan.

Este fue el comienzo de todos los eventos que marcaron mis veinte.

1 comentario en “Los Semáforos”

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