Cristiana rebelde, Vida ordinaria

2019: Olas

Pedro y yo entramos al mar. Pedro es mucho más alto que yo y más fuerte. Además es un buen nadador, de esos que han competido en aguas abiertas y, si bien no han ganado, al menos, han terminado la carrera. Si alguien puede manejarse en el mar es él. Si alguien puede ayudarme en una emergencia aquí es él. Pero aún sabiendo eso, me sentía insegura entrando al agua. No entendía porqué. No me sentía segura de tomar la iniciativa. Sentía que Pedro estaba a cargo e iba en contra de mi instinto de prima mayor. Pero el sentir era más fuerte que eso. Temía terminar siendo rescatada por Pedro. “¿Desde cuándo le tienes miedo al mar?”, me pregunté.

Había desafiado a las olas muchas veces antes. En especial con Maria Fernanda, otra prima, mayor a Pedro pero aun menor a mi. Ella es mucho más arrebatada que yo. Ella corría hacía el peligroso fondo del mar, aun con mi hermana y yo gritándole que esperara, que tuviera cuidado. Ella no sabía nadar, ni tenía la fuerza que tiene Pedro; pero si su valentía. Aun así, nunca me detuve detrás de ella. Siempre la seguí hasta alcanzarla y reir dentro del agua. Gritábamos de entusiasmo y llenas de adrenalina frente a una ola inmensa. Nosotras hundíamos nuestras cabezas en las panzas de las olas crecientes, mientras mi hermana menor se quedaba en la orilla, donde la ola no era más que un borracho aguado que desaparecía en la arena bajo tus pies.

Con Fernanda, íbamos mucho más allá de donde las olas se formaban. Allí nuestros pies ya no tocaban el fondo, pero tampoco había olas que nos asustaran. Solo flotábamos. La marea apenas comenzaba debajo de nosotras, nos alzaba suavemente y nos pasaba de largo. Aquella marea crecía mientras se acercaba a la playa. Lo que había pasado como una leve onda se levantaría en una ola fuerte y rompería golpeando el piso con todo su poderío. Para ese entonces, ya estaría tan lejos de nosotras, que nos tenía despreocupadas.

Habían pasado horas desde que salí del agua. Había vuelto a caminar sobre el concreto horneado por el sol ecuatorial; había sentido el agua fría de la ducha y el colchón inmóvil me había acogido, pero mis sentidos no habían salido del mar. Iba a dormir en el vaivén de aquellos brazos gigantes sobre las sábanas frías, me mecía hasta perder la consciencia en la memoria de mis sentidos -tan real-. Veía a Fernanda rendirse ante el cansancio en el colchón sobre el suelo y sabía que también lo sentía. No estaría del todo metafórico decir que teníamos al mar metido en la piel.

¿Dónde está esa Erika? me preguntaba, esta vez frente al mismo mar, pero a un yo mío muy diferente. Las olas rompían frente a mi cara. Pedro desaparecía debajo de ellas justo antes que empezaran a caer, tal como yo lo había hecho alguna vez con Fernanda. El mar me sorprendía, y parecía mentira que lo podía domar. Para cuando la ola pasaba, estaba todo descompuesta. Pedro, flotando tranquilamente desde hace rato, me veía ser arrastrada con paciencia.

El problema con el mar es que no te deja pretender que no le tienes miedo. Mientras más entras en él, más fuerte es. Si le tienes miedo, te detienes o sales. Pero avanzar es imposible. Si te quedas parado frente a una ola mucho más alta que tú, te tumba; o al menos, lo intentará. Así que no pude engañarme a mi misma ni a Pedro. No había forma de continuar hacía adelante. Pedro era gentil a mis primeras señales, retrocedía  para acompañarme y me hacía conversa. Sutilmente me daba la mano y empezaba a caminar conmigo hacia el horizonte infinito. Me sentía segura y me hacía avanzar al disimulo. “Este chico si está a cargo”, pensé al darme cuenta. A él no parecía importarle.

Cuando llegamos al punto en donde las olas grandes rompían, Pedro se volteó a mi y me indicó cómo torearlas, como yo lo había hecho antes a mi hermana.

“Sumérgete bajo la ola cuando esté en lo más alto, antes de que rompa. Te va a pasar por encima. No pasa nada”, me dijo.

Yo sabía qué hacer, pero no lo parecía. Estaba petrificada, como si tuviera frío.

“Te estás haciendo maltratar de ganita”, me dijo golpéandome el ego.

Al parecer, su táctica funcionó, porque me atreví a bucear la próxima gigante. Pero me encontré con el verdadero enemigo. Parada frente a ella, temblé. El rugir del mar, la fuerza con la que te amenza. Sabes que, en un segundo, esa ola puede tumbarte con toda su potencia. Que te puede hacer perder el control y desarmarte en todo lo que sabes hacer. Tus pies, tus manos, tu sentido de orientación, tu respirar, tus oidos, no te sirven. Te quita toda seguridad que te permite seguir de pie, mucho más la de avanzar. “Te puedo destruir”, te dice alzándose, y tú sabes que es cierto. Si no te sumerges en el momento correcto, te destruye, te lastima y te golpea como casi nada lo puede hacer. Equivócate, y ella ganará. Arriesgate, y triunfarás. Ambas teníamos las mismas posibilidades de ganar o perder.

Sin pensarlo, me clavé. En un segundo, perdí de vista el horizonte, zambullí la cabeza en la pared liquida, se me llenó de agua la nariz, vi todo verdoso acuático. Así mismo, en un segundo, estaba a salvo. Sentí la bruma de la ola masajearme la espalda, furiosa de que me haya escapado. Ya una vez al otro lado, mi moño de una vincha era una red sobre mi cara. Pero yo estaba extasiada en victoria. Había ganado. Había enfrentado a la ola grande. Flotaba riendo y Pedro me celebraba lo que parecía una conquista absoluta.

Pero antes de poder tomar un segundo respiro decente y que la adrenalina se calmara,  otra ola se levantaba en revancha. El sentir de victoria se desvaneció con la espuma. Poco servía haber cruzado una, porque sentía el mismo miedo que tuve frente a la primera. Necesitaba la misma valentía como si no hubiera tenido ninguna unos minutos antes. Todavía tenía agua en la nariz, buscaba con ansias el suelo firme. “Sumérgete” escuché a Pedro y lo vi desaparecer bajo el agua. Sin pensar, volví a repetir el movimiento. Esta vez, aunque exitosa, sentí que estaba en una serie interminable. “Así se debe sentir la guerra” pensé. No importa las batallas que ganas, no se acaba. “Quiero salir”, pensé.

Mientras dejaba el campo de batalla detrás, encontré un niño de 3 o 4 años en la orilla, donde el agua terminaba. Estaba de la mano de su madre, encaraban el vasto mar. El niño apuntaba con su mano libre al grupo de gente dentro del agua (entre ellos Pedro), y dijo, “¡Mami, allá! Mira cómo saltan”. El niño, inspirado por lo que veía a la distancia, pareció juntar toda la fuerza que podía y saltó la pequeña ola con espuma que llegaba a sus pies. Su expresion era mitad nervios y mitad adrenalina. Después de conquistarla, alzó su cabeza buscando la celebración en la voz de su mamá. Pura felicidad y orgullo que solo da la victoria. No me sentí del todo animada por alguna razón.

El niño y yo eramos iguales. Lo que habíamos enfrentado significaba lo mismo para ambos. Eran obstáculos de diferente tamaño, pero proporcionalmente, eran los mismos. Hacer lo que él había hecho requería enfrentar el mismo tipo de miedo y la misma valentía. Crecer y vivir la vida es eso: estar continuamente venciendo olas. Nuestros miedos en la vida, cada vez se vuelven más racionales, más lógicos. Pensamos que son más fuertes y despreciamos los primeros miedos vencidos. Les decimos “son cosas de niños”, y a los nuestros “cosas de grandes”. Pero esa es una excusa barata para justificar nuestra cobardía. Había vencido a muchos miedos en los últimos años exitosamente. Pero por alguna razón, había olvidado como se siente estar confiada frente a ellos.

En mi vida, sabía me esperaba una nueva ola, más grande que la anterior. Una de un tamaño que requeriría una valentía mayor. Este año, Dios me pediría que sea valiente otra vez. Me pedirá que vaya a las aguas altas, que tenga esa fe osada otra vez. Me pediría que tenga el coraje de confiar en Él una vez más y me lance contra la ola que me asusta. Me va a pedir que repita todo lo que no quiero repetir. La verdad es que no quiero volver a sentir miedo así, me gusta sentirme confiada y enorgullecerme de mi atrevida actitud.

Hoy noche me atraganta el agua. Él, siempre mucho más adentro en lo profundo que yo, me llama. Hoy noche, lo busco entre mi cabello mojado y el agua salpicada.  Él retrocede, él viene por mi.

 

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