El Club de los Chéveres

Dani

A veces lo único que necesito para volver a tener fe y si, para volver a creer, es contar la historia otra vez. Las historias que tomo por sentadas. Las mismas que digo “ya las celebré”, “ya las agradecí”, “ya recibí de ellas”. En los momentos oscuros y tristes es facil darlas por sentado. Usualmente me encuentro diciéndole a Dios, “necesito una nueva historia… ¿dónde está?”. Pero al contar como llegué aquí, me callo y me doy cuenta que estoy EN la historia. Que Dios siempre ha estado más presente y fiel que nunca. Para animarte en el proyecto que tienes al frente, ayuda contar la historia que te trajo hasta aquí, una vez más. Lo que ya tomamos por sentado, vuelve a tener su valor inicial cuando es visto como la primera vez a través de los ojos de alguien más. Ese alguien hoy fue Dani para mi.

Hoy tarde, pensaba en sacarle una fotografía a Dani. La luz de la vela le iluminaba la piel blanca con cierta gracia. Y el poco maquillaje, bueno, el no maquillaje que traía, le daba una expresión mucho más relajada que daba cierto aire de paz. Pero aun sin luz perfecta ni nada, quería un recuerdo de ese momento tan enriquecedor. Hablando con ella por horas me llenaba una gratitud como olas violentas. Siempre que me siento así, quiero sacar una foto para tener algún recuerdo físico, visible o tangible, pero siempre lo olvido. No sé si es porque estoy viviendo el presente a lo máximo que no me quiero perder un segundo. Lamentablemente, hoy no fue la excepción, así que no van a ver la imagen tan suave que tengo de Dani sentada en medio de un restaurant tan bullisioso y ella siendo tanta paz.

Dani hoy me habló con una sensibilidad que nunca antes había visto en ella. Trajo a la mesa una libertad que no le había visto usar. Interpretó mi desorden y me dio un hilo conductor contundente. Cuando estaba perdida en mis pensamientos, ella me trajo paz. Sentí que recibía y que podía relajarme en hacerlo libremente porque era bueno, muy bueno. No había nada que editar, nada que censurar. Era así de bueno. Y en ese momento, en el que me sentí refrescada por una tibia ola de mar, me llenó la gratitud inmensa. No por lo que estaba recibiendo de Dani, sino por el privilegio de verla así. El privilegio de presenciar ese momento, ser recipiente y espectador del acontecimiento. Por llegar a ver a Dani siendo más ella que nunca, la Dani que siempre quise ver libre. Y aquí estaba. Enseñándome, consolándome, hablándome de parte de Dios. A un mismo nivel. Al que no me tenía que preocupar más. Sino solo recibir.

Al ver mi historia reciente a través de sus ojos, me hizo recordar la esperanza que me trajo hasta aquí y lo que yo he visto con los míos. Recordé la primera vez que nos volvimos a conectar después de muchos años. Fue en el mismo lugar, solo que en otra mesa. A plena luz del día, cuando todo estaba callado. Allí me contó una historia que me rompió el corazón, su historia. Me contó de donde quería salir. Y yo creí. Creí por ella. Creí que era posible. Creí que si estaba buscando salir de allí no era por ella, sino porque Dios ya la estaba llamando. No recuerdo bien como siguieron las cosas después de esa conversación. Pero recuerdo que ese día vi que ya no importaba de donde Dani venía porque ella ya estaba en el camino correcto. Mi yo de ese día tenía una fe ciega, una fe ingenua. Me aferré a creer que Dani podía convertirse en todo lo bueno que se podía llegar a ser, aunque ella sintiera que era muy tarde. Mi yo ignoró lo que todo mundo veía. Y la amé así durante muchos años.

La vi crecer con el tiempo en una persona mucho más fuerte. En una persona de más fe. En una persona radical. Le vi tomar las mejores decisiones de su vida. Y aguantar con las malas. Llegó a un punto alto, que no era lo mejor, pero era bueno. Podía ser mejor pero una parte de mi se contento. Dejé de esperar más. Dani era buena, de fe, de una relación sólida con Dios y había pásado pruebas fuertes que lo probaban. Solo le quedaba un rasgo de duda. No podía pedir más. Si había más, pero era suficiente. Con un rasgo de duda se puede vivir, pensaba. Eso fue hasta hoy. Porque hoy ella era radiante. Vi una mujer poderosa. Que podía sostenerme. Una persona en la que podía poner toda mi confianza y seguir sintiéndome segura. Que ya no temía porque “estaba aprendiendo”. Le vi reir frente a locuras de Dios, que no creí que llegaríamos a compartir. Nos deleitamos en las mismas cosas increíbles. Y mi corazón se quedó chiquito para tanto agradecimiento. A mi Padre, que tomó a esa chica avergonzada de aquella mañana y la trajo hasta aquí y ahora vestida como realeza y con toda la autoridad. Más Dani que nunca.

Otra vez, vuelvo a creer que mi Dios no hace nada a medias, ni que llega solo al 70% u 80%. Él es del 100% y te dá otro tanto así para que reboses. Él hace todo nuevo. TODO. El sacrificio de su amor puede cubrir el 1% que queda al final 😉 No me contento con nada menos de ahora en adelante.

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