Mamá Imaginaria, Vida ordinaria

Una Eva Redimida

Hoy caminé con esa resignación familiar que me empuja a entrar a lo largo del pasillo de la capilla en donde se llevaba a cabo la ceremonia para dar el pésame a amigos queridos.

Al frente del salón, la familia cercana e íntima se encontraba en un círculo grande. Los amigos y conocidos se acercaban por el pasillo en medio de las dos columnas de bancas, y pasaban uno a uno de los familiares, mostrando su pesar, consolando a los más allegados, o compartiendo el dolor con un abrazo. Luego, los amigos y conocidos, nos sentaríamos en las bancas detrás de la familia para la ceremonia.

Yo estaba allí porque mi mejor amiga había perdido a su abuelita. Pero mientras me acercaba buscándola entre los rostros agachados y los sacos negros, me di cuenta que el círculo familiar no era lo que esperaba. Era un grupo de personas que me intimidaban pero porque eran personas que admiraba una más que la otra.

Allí me encontré con la mamá del joven que me aconsejó en los años más desafiantes de mi adolescencia, el que fue, por muchos años (y hasta ahora), un ejemplo a seguir de vida cristiana. Más allá estaba su hermana, a quien he escuchado con mucha atención  su sabiduría en el amor como mujer adulta. Junta a ella, estaba su tía, una de las mejores mamás que conozco porque vi de cerca y la escuché a través de su hija, mi mejor amiga por la que había ido. Al final de círculo, estaba una de las parejas que he admirado en cómo viven su fe en su trabajo. Con quienes había trabajado una temporada y me enseñaron como la excelencia puede ser disciplinada y llena de gracia a la vez. Todos ellos juntos causaban en mi una profunda admiración. Usualmente me los encontraba en espacios diferentes. Hace tiempo que no los había experimentado así todos juntos como la familia que son. En ese momento, me di cuenta la familia fuerte y poderosa que eran. Un sentir de respeto aun mayor, e intimidante me llenó. Ver a personas que me han influenciado y que he admirado casi toda mi vida, juntas en un mismo pesar, me conmovió. Pero mucho más por la persona a la que venían ellos a honrar. Todos ellos juntos en un mismo sentir de dolor por la pérdida de alguien importante que tenían en común.

Mientras recorría el círculo familiar, dando el pésame a cada uno de los hijos y nietos, pensé en la mujer que despedíamos. Cuando Marlo, quien dirigía la ceremonia, dijo, “Gracias por venir y acompañarnos a honrar a esta mujer…” me quedó resonando la palabra honrar. Por muchos años, esta mujer había amado a estas generaciones. Este círculo familiar no era como cualquier otro. Me admiraba las grandes personas que conozco de ese círculo. Son personas que tengo historias que me han marcado a lo largo de mi vida. Ya sea con su ejemplo, con sus concejos, con sus historias personales, con sus decisiones, con su cariño o esa amistad de toda una vida. Me di cuenta que había venido por ellos. Yo no conocía a la mujer que despedíamos, pero ellos sí. Y me di cuenta, que yo tenía mucho que honrar en ella, tanto como ellos lo hacían. Cuánto le debía a esta mujer. ¡Cuán agradecida estaba por los hijos y nietos que había criado!

La mujer que honrábamos hoy amó y alimentó a todos ellos. A su manera única y especial, los conoció como nadie más los conoce en una vida. Así que mientras rodeaba la sala de rostros, estás palabras rodeaban en cambio mi cabeza…

“Yo soy Eva… Yo he cenado con la gracia del ejército de Dios… Hice sus comidas y até sus cordones..”

A todos estas grandes personas, que para mí han sido nada menos que los grandes de Dios, alguien les cocinó y ató sus cordones, alguien les amó en lo cotidiano y en lo ordinario. Alguien estuvo dispuesto a amarles así. Hoy el resultado es que han sido un regalo y un tesoro para el mundo. Tuve aun mucho más respeto por la mujer que nombrábamos, por la mujer por la que lloraban. Por la mujer que celebrábamos. Y si estos grandes son sus hijos, cuán grande era ella.

Nunca he sentido aquellas palabras más reales. Y aun no comprendo como el corazón de servicio de una mamá es tan ordinario y digno a la vez. Hoy lo vi en todo su esplendor aunque no lo pueda explicar bien. Porque es una contradicción. ¿Cómo el desprenderte de ti puede significar honor y renombre? A ella alguna vez se le pidió que sea mamá y ella lo hizo. Porque ser mamá es una decisión, no es tener hijos, sino es decidir ser su mamá un día a la vez. Ella fue una que lo hizo.

Hoy vi como nuestro mayor legado son nuestros hijos, nuestras generaciones. Hoy entendí el honor que significa dar nuestra vida por ellos, porque nos han sido confiados los reyes de la tierra. Hoy entendí que solo se puede explicar este misterio cuando la historia está detrás de ti. Hoy quiero ser como Bertha.

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