Vida

Molestosos cambios a último momento

Hoy planeaba visitar en bici a Sarah. Habían pasado más de tres meses sin vernos y no podía esperar por encontrarnos. Tenía la ruta marcada en mi cabeza, cuando me sonó el celular. Uno de los huéspedes de los departamentos que administro tenía problemas con la ducha. “El agua está saliendo del techo, creo que debes venir acá de inmediato”, me dijo. En ese momento sentí ira. Notablemente, mis planes de la tarde estaban cambiados. Aún era posible que alcanzara a ver a Sarah, pero ir en bicicleta no era viable. Tomé el bus.

Mientras tanto, Dios me escuchaba quejarme.

“Deja de estar enojada”, me decía dulcemente, “¿no crees que puede ser por tu bien?”.

“Si ya sé…¿por qué me molesto tanto?” le respondí aun molesta, “puede ser por mi bien…, ¿tal vez es un huésped que vale la pena conocer mejor?…”

“Mmhm…” dijo Jesús sin responderme realmente.

“Bueno, contigo nunca se sabe…” y me resolví en calmarme y dar lo mejor de mí a esta pareja que había llegado a la ciudad.

El agua saliendo del techo resultó ser la manguera de la ducha que apuntaba hacía arriba, mojaba todo el techo y chorreaba en todas las direcciones. Nos reimos mucho cuando lo “resolví”. Al salir de ahí, me di cuenta que nada extraordinario había pasado. Solo había sido gajes del oficio. Al menos, estaba muy agradecida por no haber tenido que llamar al gasfitero, ni haber tenido que pedir a los huéspedes cambiarse de apartamento. Además, me había desocupado justo a tiempo para pasar por una golosina y tomar el bus que me dejaba a una cuadra del apartamento de Sarah.

Después de una visita refrescante con ella y su novio, era tiempo de ir a casa. Salía más liviana y feliz; y aun era temprano. No podía pensar bien en cual sería mi plan de viernes noche porque mi cierre de la casaca se había atorado. Crucé la avenida Don Bosco hacía la parada y cuando me di vuelta para esperar al bus, vi cruzar la misma avenida un rostro familiar que me veía con la misma intensidad.

“¿Erika?” dijo la cara de una jovencita, que reconocí cuando acabó de decir mi nombre.

¡Era Sarita Bonifaz! y venía a su lado su papá, el mismo ¡Raúl Bonifaz! Sus risas de emoción de encuentro ahogó el ruido de los autos desde media calle. Sentía que se aproximaban personas amadas desde mis recuerdos de niña. Pero esta vez, estaban cambiados, seguían siendo ellos, pero Sarah era ¿una adolescente? no, era una joven ya. Raúl, con más años, pero igual que a mi papi, no se le notaban. Tenía la misma sonrisa de siempre como la recordaba.

“¡Hey! a ti te conozco” le dije abrazándo fuerte a Sarah, mientras me daba cuenta que podía parecerle extraño porque apenas me conocía bien. Si bien yo había crecido con ella, ella era apenas una niña cuando nuestras familias se mudaron a ciudades diferentes y dejamos de vernos. Sin embargo, los recuerdos con ella me hacían sentirla como una hermana. Sí, es el mismo cariño que le tengo a Clarita, mi hermana menor que es casi de su misma edad. Pero sentí que el abrazo era recíproco y nada raro. Entonces la abracé con libertad. No podía creer tenerles ahí. Debían de estar de visita, ya que hace algunos años se mudaron a su tierra natal, Riobamba, a 5 horas de Cuenca.

Allí en la vereda, nos pusimos al día en lo que estábamos haciendo. Tuve la primera conversación como adultos con Raúl. Es diferente cuando eres niña o adolescente, no te hablan igual. Pero esta vez, las preguntas eran más serias y las respuestas más honestas. Escuché una versión ampliada de cómo estaban cuando regresaron a Riobamba y cómo Dios les había guiada y cambiado allá. Me di cuenta que nuestra familia también había cambiado mucho en los últimos diez años, y aún así los queriendo igual. Aunque estabamos en la vereda y con frío, me sentía en casa, porque estaba con familia. Allí, nos dijimos mutuamente, “Dios ha sido tan fiel”. Estabamos allí para comprobarlo.

También fue la primera vez que Sarah habló conmigo como una adulta. La veo como una versión más joven de mi misma. Veo el mismo amor y gracia de Dios en su vida. Me dio gusto saber que ella me recuerda, que le emocionó reconocer mi rostro en la calle como si fuera una persona famosa. Que me lee y se inspira con mis letras. Si solo a ella le sirve de algo lo que hago, es suficiente. Me llenó el corazón a la vez que me recordaba el entusiasmo y la motivación por la que escribo y creo y pienso. Tengo a alguien valioso entre las filas.

No sé bien que tiempo hablamos en la vereda. Solo sé que estabamos felices, llenos y agradecidos. Nos turnamos en decirnos unos a los otros, “wow, que chévere encontrarte”. “Wow, que lindo verles”. Fue un gran regalo del Padre dejarnos encontrar así.

“Creo que te hicimos perder el bus”, me dijo Raúl después de que muchos buses nos pasaron de lado. Reímos.

“¿Perder el bus? He ganado un montón encontrándoles”, le dije. Por ellos perdería un bus y diez más.

En las últimas cuadras antes de llegar a casa, me di cuenta que tenía el sentir perfecto para la próxima etapa que se viene. Ellos me dieron el ejemplo que necesitaba de cómo quiero sentirme cuando hable a mi equipo de trabajo. Me recordaron de dónde venimos, por lo que vivimos, y que hay una nueva generación fresca que nos sigue el paso. Caminaba junto al río por el camino que preferimos con Dios para conversar con Dios desde que estaba en la U, cuando me dijo,

“¿Ahora ves que si fue por algo bueno?”.

“¿Qué?”, una breve confusión interrumpió mi felicidad saltarina.

“La bicicleta… no los hubieras encontrado si…”, Dios no tenía que terminar la oración, yo ya reía a carcajadas.

Cuando dijo “bicicleta” lo vi enseguida. Si el huésped no hubiera llamado por una falsa emergencia en la tarde, yo no hubiera sido forzada a dejar la bicicleta. Y no hubiera terminado mi visita caminando hacia la parada de bus. La ciclo vía se encuentra en dirección contraria a la parada en donde coincidimos con los Bonifaz. Dios era bueno, bueno, bueno, muy bueno. Me había dirigido a ese momento dulce entre familia. Si, había sido un regalo. Un encuentro orquestrado por un Padre generoso. Y yo seguía riendo a carcajadas a las orillas del río. (¿Cómo es que siempre se las arregla para tener esta vereda vacía cuando lo caminamos juntos?).

Mi enojo de la tarde no tenía sentido ya. Agradecer y esperar lo mejor aun de los cambios inesperados y molestosos del día a día es fácil si recuerdo que no son lo mismo si estoy con Papá.

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