Cristiana rebelde

Universidad: parte 1

La cajuela del auto rojo estaba abierta. Había algunas cajas dentro, un oso de peluche color algodón de azucar sobresalía entre las cajas. Me sonreía como siempre lo había hecho. Lo miré como si fuera la última vez y cerré la puerta de la cajuela con más fuerza de la necesaria. Me subí al volante, me coloqué el cinturon de seguridad. Mi “Manual de vida” estaba en el asiento de copiloto. Arranqué frente a esa carretera inmensa que tenía delante de mi que parecía infinita.  Ni bien metí segunda y tuve la mano derecha libre, las hojas del manual volaron por la ventana agarradas por la débil grapa. Terminaron desperdigadas en el concreto, mientras yo me alejaba a una velocidad que jamás había conducido antes, dentro del auto rojo de mi abuela.

Esa era la visión que se repetía en mi cabeza con mucha frecuencia cuando comencé la universidad. No tenía mucho sentido ese entonces, pero representaba el cómo me sentía en esa temporada. Pero creo que ahora entiendo lo que significa. Había regresado a Cuenca, 3 años después, para estudiar la universdad, a vivir con mis abuelos maternos. La casa a la que llegué era mucho más conservadora que la de mis padres, quienes son jóvenes y más conectados con mi generación. Además, la casa en sí era el escenario de fondo de mi infancia. A pesar de ello, sentía que dejaba atrás una etapa de mi vida. Estaba en un carro a toda velocidad que yo misma aceleraba y todas las cosas de mi niñez quedaban atrás, aunque no del todo abandonadas.

Había una condición para esta nueva etapa. Algo de lo que estaba segura era que amaba a Dios con pasión. La mayoría de las personas cuando escuchan eso, me meten en esa caja tan chiquita estereotipada de “cristiana”. Pero conocerlo es lo mejor que me había pasado. Entonces la condición era que iba a “mostrar” mi amor por Dios mediante mi comportamiento y mi forma de vivir, antes de “hablar” de Dios y tratar de convencer a alguien. Quería mostrar otra cara de ser cristiana a los que me conocieran. Esto me trajo problemas no previstos. Por ejemplo, durante mi adolescencia, era muy fácil responder a las presiones de grupo: “No gracias, mi papi no me deja”. “No gracias, soy menor de edad”. “No gracias, mi papi no me deja” (esta siempre resultó). Además, cuando se enteraban que asistía a una iglesia evangelica, me decían, “¡Ah! Eres cristiana”, como si fuera razón suficiente para que diga “no”.

Pero en la universidad, las cosas eran diferentes. Primero, era mayor de edad. Segundo, decir “mi papi no me deja” sonaba tonto y tampoco era verdad. Mi papi me había dicho que “sea pilas” y que confiaba en mi. Entonces la respuesta no era viable. Y la tercera y cuarta “mi religión no me lo permite” o “soy cristiana”, la odiaba. Porque no era verdad en absoluto. En la iglesia nunca me habían dicho que no haga nada. Pero sobretodo, esa dos últimas respuestas eran la imagen perfecta del estereotipo de “cristiana” en la sociedad. Si yo quería romperlo, tenía que dejar de actuar como el estereotipo. Así que, cuando me preguntaron si quería tomar una cerveza en la primera hora hueca que tuvimos, no me quedó otra que decir un débil “si”. Porque no tenía una buena razón para decir “no”.

La cerveza fue inocente, no pasó nada. La tomé, me refrescó y tuve una buena conversación con mis nuevos compañeros. Pero pronto las preguntas para las que no tenía respuesta se complicaron. ¿Tienes novio? ¿porqué no? ¿Te emborrachas conmigo? ¿Has tenido sexo? ¿por qué no? ¿Me dejas copiar tu exámen? ¿Besas en la primera cita?… Nunca me las habían lanzado tan directas. Pero tampoco habían sido opciones hasta ahora. La gran pregunta detrás de cada tema era: ¿por qué no? Me di cuenta que estaba en graves problemas. ¿Iba a decir “si” a todo de ahora en adelante? Recuerda que había tirado el manual por la ventana. Sin embargo había preguntas que requerían un “no” pero sin un buen por qué. Yo misma no lo sabía. ¿Era verdad que decía no por otros? ¿Qué quería yo? ¿Puedo decir que sí? Necesitaba una conversación seria con Dios al llegar a casa. Sentí que el carro rojo ya lejos a la distancia frenaba bruscamente, retrocedía casi a la misma velocidad. Me bajaba, recogía las hojas del pavimento y las tiraba en la cajuela. Por si acaso.

El manual había sido una pieza vital en mi vida hasta entonces. Sentía que debía dejarlo, pero al mismo tiempo me daba miedo hacerlo. “Me vas a tener que decir por qué no,” le dije, “necesito que me des respuestas. No quiero volver al manual” le dije a Dios. Había crecido creyendo que Dios era el creador e inventor de todo. Todo es por Él, de Él y para Él. Si alguien tenía respuestas, era Dios. Él lo tomó muy en serio, porque respondió cada tema a mi satisfacción. Todas fueron genuinas y rompieron el estereotipo y no fueron simples como “la Biblia lo dice”, que en otras palabras sería “porque Yo lo digo”. Dios fue mucho mejor que el manual, Él me mostró el verdadero porqué. Me enseñó su corazón detrás. Claro que no fue en una sola conversación. Él se tomó el tiempo de explicármelo y pasearme en nuevas rutas que no conocía. Botar el manual (bueno, meterlo al fondo de la cajuela) y pedirle respuestas genuinas y más complicadas a Dios hizo del viaje mucho más emocionante. Las respuestas poco a poco vendrán a parar por aquí bajo “Cristiana rebelde”.

¿Cuáles han sido las preguntas más difíciles que les han hecho por ser cristianos?

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s