Escritora tímida

No me dejo escribir

Me dan ganas de escribir en los momentos menos pertinentes. Cuando estoy al teléfono llamando un taxi, por ejemplo, a punto de salir. Vivo bajo la custodia del yo pensante, que levanta la rejilla de las ideas cuando el cuerpo no puede complacer mi lado de jurisdicción .
Mis momentos de pura motivación que se irguen desde los intestinos, por no llevar un cuadernito colgado en la cintura, como los reporteros que lo sacan con la agilidad de vaquero a su revólver en el último segundo del conteo en pleno duelo, los fusila la amnesia. Son los favoritos de mi verdugo intelectual.
Apurarme a cerrar la puerta tras escuchar el pito amarillo es su forma mórbida de burla, viéndome atrapada entre compromisos pendientes y las ganas obstinadas de sentarme en un sillón esquinero, bajo una lámpara cálida, con toda la intención de no moverme más y escribir. Escribir lo que se me cruza en la memoria.
Porque sabe que, de no ser así, lo olvidaré. Olvidaré lo que he hilado. Recordaré la idea, pero no la posición perfecta de las palabras, como la de las fichas de domino que caen con gracia una tras la otra, pintando un cuadro que la mente del observador no pudo armar aunque todo estaba desplegado frente a él.
La puerta del auto se cierra, los dedos abren los bolsillos de la cartera para dar primeros auxilios a la idea que se asfixia, pero la memoria suelta el tanque de oxígeno cuando le noquea un gancho disfrazado de, “¿A dónde le llevo?”. El yo razonador sabe que tenemos malos reflejos.

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