El Club de los Chéveres

María Cristina

 

La primera vez que vi a María Cristina estaba sentada en una silla plástica de niños frente a mí en la iglesia Verbo Manta. Ambas teníamos sobre nuestras piernas a dos niñas que lloraban. Era domingo, yo estaba de visita por el feriado de noviembre. En un momento, por coincidencia, las dos bebés se encontraron y comenzaron a pelearse por un juguete. Eso parecía ser lo único que podía distraerles lo suficiente como para que dejaran de llorar. En ese momento, ambas cruzamos miradas y nos reímos en complicidad. Así fue como la conocí.

Un mes después cuando regresé, María Cristina me sorprendió mientras salía al patio con un vaso de chocolate navideño una vez finalizada la reunión dominical. La saludé como a una vieja amiga. Pero cuando avanzamos en la conversación, me di cuenta que teníamos mucho de qué hablar, porque no sabía nada de ella, de dónde era, qué hacía, qué tiempo venía a la iglesia, ni que le gustaba.

Teníamos en común, que ambas vivimos solas, pero no realmente, dijo ella. Sus sobrinos entran y salen durante todo el día de su departamento, porque sus hermanas son vecinas. Así que siempre está con alguien, me explicó. «¿Y qué haces en el día?», le pregunté. «Tengo una tienda de productos naturales. Bueno, estaba en Tarqui…» En ese momento debí de haber puesto cara de sorpresa porque enseguida trató de calmarme, «pero ahora estamos reubicados…». La conversación tomó una dirección que no esperaba. Recordé que casi todos en esta ciudad han sido afectados de una u otra forma por el terremoto y las historias aún estaban frescas.

«¿Cómo te afectó el terremoto?» le pregunté preparada.

«Mi tienda estaba en una de las esquinas en pleno Tarqui. Yo no estaba allí cuando pasó. Pero al día siguiente, cuando fui a ver el lugar ¡no había nada roto! ¡Ni un vidrio!».

Yo empecé a reír. «¿De verdad? -dije en incredulidad- ¿Ni un vidrio, una vitrina, nada?» le pregunté.

«Nada. Pude sacar absolutamente todo en buen estado. Las cosas estaban movidas de un lado a otro, totalmente desordenadas, incluso las vitrinas estaban movidas como si alguien hubiera sacudido el lugar, pero nada estaba ni trisado -me dijo- yo digo a mi familia que realmente Dios cuidó de mí, porque él sabe que lo necesitaba. Yo creo que fue obra de Él», terminó.

Al escucharle decir eso, se me movió el corazón. Para mí, no había duda de que así era. Un negocio ubicado en lo que hoy se conoce como Zona 0 y donde no se puede entrar sin resguardo policial, no tenía esperanzas de mantenerse en pie. Los edificios alrededor de la tienda de Ana Cristina serán demolidos. Las pérdidas fueron grandes. Incluso en la casa de mis padres, los cuadros de las paredes se cayeron y los vidrios se rompieron. ¡Y ellos están a 10 minutos de Tarqui en carro! ¿Cómo es posible, que una tienda llena de vitrinas y productos en el centro de Tarqui no haya sido afectado en nada? De cualquier forma que lo pensara, yo también veía la mano de Dios en la vida de Ana Cristina. ¡Qué gusto encontrar esta historia! Cuando nos preparábamos para encontrar destrucción o dolor, encontramos a un Dios grande cuidándonos, quien le da importancia a lo que a nosotros nos importa. Un Dios que cuida lo que nosotros no podemos controlar.

María Cristina asiste por algunos años a Verbo Manta. Ella ayuda con los niños en escuela dominical, en especial con los bebés. Por lo que me consta, es paciente y no le falta una sonrisa cuando las cosas se complican. Ella puede ver más allá de lo visible porque cree en un Dios invencible. Eso hace a su corazón agradecido en medio de las circunstancias. Si, ella conoce al Ser más chévere que existe y eso la hace parte del club.

 

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